La culpa no es del corsario sino del rey: les presento a la realeza argentina

La culpa no es del corsario sino del rey: les presento a la realeza argentina

Jaime Campos (Presidente) Luis Pagani (Arcor) Paolo Roca (Grupo Techint) Alfredo Coto (Coto) Cristiano Rattazzi (Fiat) Federico Braun (La Anónima) Eduardo Elsztain (IRSA) Marcos Galperin (Mercado Libre) María Luisa Macchiavello (Droguería del Sud) Martin Migoya (Globant) Carlos Blaquier (Ledesma) Mariano Bosch (Adecoagro)

Un gran problema de nuestras democracias es el amiguismo que lleva a la reiteración permanente de conflictos de intereses, pactos de poder y una firme omertá que impide a nuestros tribunos predicar la verdad.

Tengo un secreto que contarles sobre gente muy poderosa, gente a la que vamos a llamar El Círculo… para diferenciarla de La Casta que de este lado del Atlántico somos todos los que, por uno u otro motivo, de una manera u otra, nos opongamos al ultraliberalismo privatizador y autoritario que encarna orgullosamente Javier Milei.

Esta foto revela parte considerable de los integrantes de El Círculo tan esquivos a las fotos, tan amigos del anonimato y el secretismo. Es que el 1% más rico siempre fue —con sobradas razones— motivo de desconfianza del público. Ahora el presidente Javier Milei, en la cúspide de su popularidad y frente al mundo entero, los ha elevado a la dignidad de héroes. Están contentos como perro con dos colas.

Francamente me alegro que den la cara y espero que nos grabemos cada gesto, cada rasgo, cada nombre, porque éstos son los dueños de la Argentina, los contratantes de Milei, los autores del régimen empobrecedor, los beneficiarios del saqueo, los responsables del desastre que va a dejar.

Hay que acordarse de ellos, porque Javier Milei es sólo el mascarón de proa del barco pirata al abordaje no sólo de lo público y lo común, sino de la propiedad privada de las mayorías, lo único que un trabajador posee a duras penas: su salario y sus ahorros. Lo público como las empresas estatales, lo común como los bienes naturales, lo privado como los ingresos personales, todo ello será objeto de la rapiña pirata, todo ello va a terminar en las arcas de El Círculo.

El mascarón de proa de esta etapa es original, lustroso, prospoyético, tiene pico de patito, pero la Tripulación de la embarcación filibustera está al mando experimentados oficiales, maestres y contramaestres que ya surcaron estos mares durante los gobiernos de Macri (2015-2019), De la Rua (1999-2001), Menem (1989-19999). Se trata de los oficiales Bullrich, Sturzenegger y Caputo.

Es muy importante entender que la Tripulación roba para la Corona, es decir, para el Círculo. Los bucaneros navegan bajo la bandera del Fondo Monetario Internacional. Es importante repetirlo una y otra vez, porque el mascarón de proa se va a caer y la Tripulación saldrá, queso en boca, como rata por tirante. Cuando el tsunami que ellos mismos crean sembrando tempestades, el pueblo llano, los partidos plebeyos, la cultura popular los recuerda en sus cantos como los villanos de turno, pero tiende a olvidar a El Círculo.

El Círculo nunca asume la responsabilidad, nunca sufre la vergüenza de haber sido artífices de todos los procesos de empobrecimiento social y enriquecimiento corporativo, Para eso está el mascarón de proa y la Tripulación, para eso los financian, para eso los irradian con su luz potente en la catarata de círculos inferiores, para eso les otorga la Patente de Corso que les provee impunidad ante los tribunales y superioridad sobre las normas, al menos mientras dure su marea.

Francamente me alegro que den la cara y espero que nos grabemos cada gesto, cada rasgo, cada nombre, porque éstos son los dueños de la Argentina, los contratantes de Milei, los autores del régimen empobrecedor, los beneficiarios del saqueo, los responsables del desastre que va a dejar.

El Círculo está cómodo con esta tripulación y encantado con su mascarón de proa, porque los ve trabajando con fruición. Los sabe propios. Es natural. Los han entrenado y patrocinado siempre. Lo extraño es que otros capitanes les brinden cobertura a través del silencio. Es que nadie quiere enemistarse con el Círculo. En el campo plebeyo, amigos discretos. En el campo patricio, amigos ostensibles. Es que en la política sería, si no sos amigo de esta gente, perdiste.

Sí así lo decide, tu mala fama se va a ir derramando como una catarata desde el Círculo, cúspide de un sistema piramidal, —por los círculos más bajos— sea a través de los grandes medios, sea a través de grupos influyentes, sea a través de la propia Casta, incluso de la fracción sería y confiable del partido plebeyo que sabe —con pragmatismo portuario— la verdad inamovible: sin la simpatía de ellos no tenés chance.

Salgamos de la metafórica marítima. Vamos a los bifes. Los integrantes del Círculo no son héroes. Nunca. En general, son gente egoísta que defiende despiadadamente sus intereses. Son patrones ambiciosos que se mueven tras el lucro. No quieren lo mejor para el país, quieren más ganancias para sus empresas a costa de lo que sea: el ambiente, los pobres, la democracia, los derechos laborales, los jubilados. Algunos juegan con las reglas, la mayoría no.

Los integrantes del Círculo son, en efecto, los villanos. Puede haber alguno con sentimientos humanos e intenciones respetables, los he conocido, pero la tendencia general del Círculo es piratesca, tiránica, voraz. El que busque héroes, va a tener que descender al subsuelo de la Patria donde podrá encontrar a los verdaderos héroes de nuestro tiempo, los héroes cotidianos, el héroe colectivo, los que dan su sangre, su tiempo, su vida por una causa que los trasciende.

A vos que sos hijo, sobrino, nieto de los integrantes del El Círculo, no te liberes de la culpa creyendo la leyenda invertida de que los héroes son ellos. Vos sabes que algo anda mal, que no cierra el cuento, porque los viste —entre lujos— romper sus propias reglas. Viste cómo corrompían políticos con dádivas, viste su obsesión con el control, los oíste en sus diatribas contra los “negros de mierda”, su maltrato a la mucama, sus soberbia risa desde el avión privado que cruza el charco hacia Punta del Este mirando literalmente de arriba al resto de la sociedad.

Vos que todavía tenés conciencia, no creas el cuento de los héroes y villanos, los mejores y peores; no reproduzcas El Círculo… porque algún día juntos podemos cambiar las cosas.

A todo militante popular sin aspiraciones individuales sino con utopías colectivas. A los hombres y mujeres del movimiento social, estudiantil, sindical, ambiental, feminista, internacionalista. A los dirigentes del campo plebeyo, sepan que cualquier gobierno, cualquier político que quiera cambiar algo tiene que asumir la necesidad de confrontar con El Círculo. No apoyemos a nadie que no esté dispuesto.

Cualquiera que busque la amistad y el aplauso a El Círculo, es servil al poder e inútil para el pueblo. Incluso cualquiera que busque su visto bueno y su silencio, termina como sostén del status quo. Compañeros y compañeras crezcamos con plena conciencia de que los intereses de ellos no pueden prevalecer y para eso hay que luchar sin pizca de odio de nuestro lado, pero a sabiendas de que nos vamos a ganar el suyo, el de todos y el de cada uno, casi sin excepciones.

Porque aunque nuestro objetivo no es destruirlos, ellos no aceptan que las reglas deben ser iguales para todos. No aceptan que se cuestione su dignidad heroica. No aceptan que se cuestione lo que entienden como el derecho sacrosanto a seguir ganando sin aportar su justa cuota al bienestar social. Entonces, cualquiera que quiera someterlos a las reglas comunes de una democracia constitucional orientada al desarrollo humano integral se convierte en su enemigo. Hay que asumirlo.

Lo que se debe exigir al Círculo no es más que el cumplimiento de normas: impositivas, laborales, ambientales; normas que defienden la competencia, los consumidores y usuarios, eviten el abuso de posición dominante y la suba desproporcionada de precios. Normas que les impida sobornar a los políticos y los jueces en dinero o especies. Normas que les impiden quemar los humedales, voltear los bosques, destruir el monte, acaparar la tierra, contaminar los cursos de agua. Simplemente que no se pongan al margen de la ley.

En más de una ocasión, los hombres de El Círculo quisieron conversar conmigo. Siempre, sin excepción, los recibí. Encontré gente inteligente y verdaderos idiotas. Gente totalmente insensible y otros solidarios. Encontré la soberbia del autoritarismo pero también capacidad de escucha, Eso sí, no encontré ningún héroe.

Siempre les dije lo mismo. No esperen de mi amiguismo. No me van a ver ni en cenas ni copetines. No voy a ir sus brindis y eventos. No es grosería, simplemente establecer la distancia y el decoro que requiere un dirigente plebeyo frente a los integrantes del Círculo patricio. Un gran problema de nuestras democracias es el amiguismo que lleva a la reiteración permanente de conflictos de intereses, pactos de poder y una firme omertá que impide a nuestros tribunos predicar la verdad.

Espero que volvamos a tener un presidente —sea quien sea— que les diga: ni amigos ni enemigos, no pido sus aplausos ni me asustan sus amenazas. Es natural. Defendemos intereses diferentes. Ustedes —AEA, la SRA, la AmCham— están para defender sus empresas y sus riquezas, nosotros para defender al país entero, empezando por los trabajadores y los humildes. Así debe ser. Es lo justo. Lo demás es corrupción y vileza.

Los intereses del Círculo nunca pueden ser ni la necesidad, ni la urgencia, ni las bases ni los fundamentos de ningún país que busque su dignidad y la felicidad de su pueblo. La dirigencia plebeya tiene que establecer necesidades, urgencias, bases y principios sobre la base de una comprensión cabal, una planificación seria, una autoridad ejemplar y una ejecución eficiente de la acción gubernamental, porque además de confrontar con sus “Bases y Puntos de Partida”, hay que construir la alternativa.

Pero aunque confrontar no alcanza… sin confrontar no se puede.

Acordémonos de ellos. Enrostrémosle su responsabilidad. No dejemos ni por un instante que adquieran lustre de héroes. Que sean conscientes que no son benefactores sino deudores de la sociedad.

Juan Grabois.

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